LAS REGLAS DE LA URBANIDAD EN LA SOCIEDAD MODERNA

Una producción de Elkafka espacio teatral
Viernes y sábados a las 21hs
Entrada general: $ 25.-; Estudiantes y Jubilados: $18.-
Las reglas de la urbanidad en la sociedad moderna
(Les règles du savoir-vivre dans la société moderne)
de Jean-Luc Lagarce
Traducción: Ingrid Pelicori
Con: Graciela Araujo
Ayudante de dirección: Diego Echegoyen
Producción ejecutiva: Paula Travnik y Gabriel Cabrera
Diseño de video: Graciela Schuster
Diseño de iluminación: Gonzalo Córdova
Ambientación y vestuario: Jorge Ferrari
Prensa: Simkin & Franco
http://www.simkin-franco.com.ar/
Dirección: Rubén Szuchmacher
Críticas y Notas

Diario La Nación
Lunes 20 de Agosto de 2007
Nuestra opinión: muy buena
En The Importance of Being Earnest (1895), Oscar Wilde puso en escena en el personaje de lady Bracknell a la feroz matriarca de clase alta, encargada de mantener el fuego sagrado de las convenciones y los prejuicios burgueses llevados al delirio. El interrogatorio al que la dama somete al pobre Algernon, para ver si califica como futuro yerno, no sólo es una obra maestra de comicidad sutil, sino también una denuncia del materialismo y de la hipocresía de muchos victorianos (que se vengarían del autor al año siguiente). Desde entonces, aunque la imperiosa señora tuvo encarnaciones más modernas, acaso menos terroríficas -la Marie Chantal francesa, o sus equivalentes locales, la Mónica Bedoya Hueyo, de Niní Marshall, y la María Belén, de Landrú- no había aparecido en teatro un monstruo semejante, hasta la protagonista de este monólogo estrenado en Elkafka. Es una señora muy aseñorada y muy tilinga (epíteto hoy arcaico, pero quizás el que mejor la define), elegantísima y refinadísima, que gentilmente nos dispensa algunas normas de conducta sin las cuales correríamos el riesgo de ser calificados de guarangos y, definitivamente, de impresentables en sociedad. El tema es el matrimonio, sus ceremonias y protocolos, desde el compromiso y el casamiento civil y el religioso, hasta las bodas de oro y los funerales, con minuciosa descripción de las cortesías y los aspavientos que convienen en cada ocasión, sin perder de vista, en ningún momento, que se trata sobre todo de un convenio financiero y que son requisitos fundamentales el inventario prolijo de los bienes que componen la sociedad conyugal y la determinación de su eventual destino como herencia. Por descontado que la buena señora desliza, aquí y allá, alguna acotación sentimental, para endulzar el cinismo de su discurso. La gracia está, precisamente, en el doble juego de la perorata, entre la cursilería y el materialismo más crudo: los buenos modales, nos advierte la dama, son la única garantía de sana convivencia dentro de la burbuja en que ella habita, sin cesar asediada por la grosería y el mal gusto de los que son, irrecuperablemente, out . Jean-Luc Lagarce, el malogrado dramaturgo francés (que asomó como el continuador de otro talentoso colega muerto también en plena madurez, Bernard-Marie Koltès), de quien conocimos hace poco la admirable Ultimos remordimientos antes del olvido , vuelve a mostrarse como un maestro de la técnica teatral, dominador del lenguaje (traducido con solvencia por Ingrid Pelicori) y observador agudo de conductas a primera vista excéntricas pero que revelan elementos constantes de nuestra naturaleza ambigua. Memorable Con la segura conducción de Szuchmacher, Graciela Araujo hace una creación memorable de esta mezcla (tan frecuente y reconocible) de criatura apenas humana con maniquí de desfile de moda. No es poca hazaña recordar de memoria un texto de hora y media, sin interlocutores que den el pie, y con un despliegue realmente prodigioso de matices vocales, a partir del tono inconfundible de tilinga porteña. Sus variaciones sobre la muletilla, lo que no es desdeñable, son antológicas. Su actuación es un ejemplo de elegancia, sentido del humor y perfecta noción del tiempo adecuado para cada frase. Jorge Ferrari la viste como la ilustración satinada de una revista lujosa y sabe crear, con seis frágiles sillas doradas tapizadas de rojo, el ambiente adecuado para las divagaciones de la dama. Por ella, aunque suene políticamente incorrecto, no puede dejar de sentirse algo de compasión: lo único que la distingue de un florero o una lámpara es que puede hablar.
Ernesto Schoo



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